El uso de billeteras virtuales entre niños y adolescentes se ha expandido de manera acelerada en los últimos años. Según datos mencionados por el contador Luis Herrera, nueve de cada diez menores utilizan hoy algún tipo de aplicación financiera, impulsados por el cambio de hábitos de los adultos, la menor circulación de efectivo y la practicidad que ofrecen los celulares.
Aunque persiste el debate sobre si los menores deberían tener dispositivos propios, Herrera señala que la realidad ya está instalada: “Antes les dábamos dinero en efectivo; ahora, por seguridad y comodidad, cada uno lo maneja desde su teléfono”, afirmó.
Tres hitos normativos en Argentina
Herrera explicó que, en el país, la regulación sobre el acceso de menores al sistema financiero avanzó en tres etapas:
1. 2019: se habilitó la apertura de cajas de ahorro para menores, administradas por un adulto responsable.
2. 2023/2024: se permitió que los menores accedieran a billeteras virtuales con posibilidad de generar rendimientos, incorporando instrumentos de inversión de bajo riesgo.
3. Última normativa: autoriza a los menores a invertir directamente en la Bolsa, incluyendo acciones y CEDEARs, activos con un riesgo mayor.
En todos los casos es obligatorio que exista un padre, madre o tutor vinculado, quien debe tener una cuenta en la misma entidad y mantiene control total sobre los movimientos del menor.
Estafas y compras no deseadas: el otro riesgo
El contador también destacó que uno de los principales temores de las familias son las estafas digitales, que afectan tanto a adultos como a menores. “La educación financiera temprana puede ayudar a que los chicos estén más preparados”, sostuvo.
Sin embargo, advirtió sobre un peligro cotidiano y muchas veces pasado por alto: las compras dentro de los videojuegos. Cuando un menor utiliza el celular de un adulto con una tarjeta vinculada, “con un solo clic puede comprar ítems, armas o mejoras sin que eso sea una estafa, simplemente porque nosotros lo autorizamos sin darnos cuenta”.
El rol clave de los padres
Para Herrera, el eje no está en prohibir estas herramientas, sino en acompañar: “Más que confiarse en las aplicaciones, la clave es el control parental y la educación. Los padres deben saber qué habilitan y qué límites ponen”.


